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El gran maestro ceramista Mamerto Sánchez

El gran maestro ceramista Mamerto Sánchez

Mamerto Sánchez mira sus ajadas manos impregnadas de arcilla húmeda y recuerda que fue gracias a su abuelo, don Francisco Sánchez, que él aprendió a hacer cerámica..

Tradición e innovación tienen un feliz encuentro en las manos de Mamerto Sánchez, uno de los más respetados ceramistas de Quinua, la emblemática ciudad ayacuchana de donde proviene. Criaturas míticas, personajes simbólicos y utensilios de uso cotidiano componen la obra artística de este hombre de 67 años, sabio pero modesto. Una muestra de sus trabajos se exhibirá en dos galerías limeñas a partir del próximo jueves 24 de abril.

Por Nilton Torres Varillas
Fotos: Melissa Merino

Mamerto Sánchez mira sus ajadas manos impregnadas de arcilla húmeda y recuerda que fue gracias a su abuelo, don Francisco Sánchez, que él aprendió a hacer cerámica. Con ese inconfundible acento de los hombres del ande, Mamerto cuenta que Don Francisco fue curandero, y que se iba por las noches a bañarse en las cataratas de la puna, y allí un día el Apu Wamani le hizo ver formas y, cuando volvió a casa, empezó a elaborar cerámicas.

“Nadie le enseñó. El wamani fue. Cada bañada regresaba con un modelo diferente en su cabeza. Sacaba varios modelos. Hacía toritos, tarucas, venados, ovejas, carneros. El wamani le hacía hacer esas figuras”, dice Mamerto.

Primero Francisco le enseñó a su hijo Santos, el padre de Mamerto, lo que aprendió del wamani. Luego fue el propio Mamerto el que siguió los pasos de ambos.

La cerámica tiene en Quinua un origen mágico que forma parte de la tradición de esta comunidad de artesanos en la que Mamerto ha sabido destacar. Hoy es considerado no sólo un maestro, sino también un auténtico artista que ha mantenido una línea tradicional en su obra y al mismo tiempo innovar su propuesta plástica.

La familia Sánchez fue una de las primeras del pueblo de Quinua que hizo de la creación de cerámicas una tradición que hoy los distingue como grandes artesanos.

BARRO Y ARCILLA

Mamerto cuenta que las cerámicas que se hacían en Quinua eran objetos utilitarios y de uso cotidiano como platos, vasos, jarras, jarrones para transportar agua y chicha. También se confeccionaban esas iglesias que se ven en los techos de las casas del ande ayacuchano, que invocan la protección del Altísimo.

“Nosotros hacíamos cerámica sólo para el pueblo. Jarros para tomar desayuno, para tomar chicha. Platos, poronguitos, y también para el trueque, para cambiar con chivos, carneros y patos. Nada era para la capital, para el pueblo nomás”, dice Mamerto, quien fue destacando por su propuesta. Y en esa búsqueda de la diferencia es que dio forma a sus músicos, piezas que retratan a personajes de la tradición ayacuchana y que Mamerto tenía la costumbre de obsequiar a los músicos de su agrado.

“Si era tamborero, le hacía su músico con su tambor. Si tocaba la flauta, con su flauta le hacía”. Y fue precisamente un músico el primero en dar a conocer en Lima el trabajo de los artesanos de Quinua. Según cuenta Mamerto, Tomás Liberato, un saxofonista, empezó a traer cerámicas para venderlas en una feria que se hacía en el parque El Porvenir, en La Victoria.

En 1963 Mamerto llegó por primera vez a la capital, y lo hizo para participar en el primer Pabellón de Artesanía Popular, organizado por el Ministerio de Educación en la III Feria Internacional del Pacífico. Para entonces la cerámica de Quinua empezaba a ser apreciada y reconocida.

“Allí hicimos demostraciones de nuestra cerámica, explicamos cómo hacíamos los hornos, la temperatura, las pinturas”, explica.

Durante el primer gobierno de Fernando Belaunde, recuerda Mamerto, se creó en Quinua el primer centro artesanal, y fue entonces que empezaron a tomar conciencia de que podían vivir de sus cerámicas.

Su experiencia y notable habilidad le sirvieron para compartir sus conocimientos con los alumnos de los colegios de su comunidad. Quería que ellos aprendan de primera mano los secretos de la cerámica. Y, como todo pionero, fue incomprendido y vapuleado.

“Mucha gente me insultaba, me decían que qué me creía yo para enseñar. No entendían que podíamos ser ceramistas. Y mucha gente que en ese tiempo me insultó, ahora vive de la cerámica”.

La obra de Mamerto Sánchez comenzó a sobresalir fuera de los linderos de su Ayacucho natal y de pronto le empezaron a llegar los reconocimientos. Recibió una mención honrosa en la Primera Bienal Nacional de Artesanía (1967), también el Primer Premio en la especialidad de cerámica en la III Exposición de Arte Popular de Ayacucho (1968), además de participar en otros importantes eventos de artesanos.

En los setenta fue ponente en el curso de Artesanía Popular Huamanguina, organizado por la Universidad San Cristóbal de Huamanga, y en 1982 recibió el Diploma de Honor por su colaboración en el progreso y desarrollo de la Empresa Artesanías del Perú. Pero la alegría de estos galardones fue opacada por el terror. En 1984 uno de sus hijos fue asesinado por Sendero Luminoso. Mamerto trajo a su familia a Lima, tratando de ponerlos a salvo de la violencia que se gestaba en el corazón de su tierra, pero no por ello se desligó de Quinua. Incluso durante sus periódicos retornos al pueblo, le tocó hacer vigilancia y, subido en un torreón, velaba por si algún senderista se acercaba al pueblo.

“Recién cuando los senderos se fueron, se recuperó la tradición de los artesanos”, dice.

DE ARTESANO Y ARTISTA

Mamerto Sáchez vive ahora en Ate Vitarte, en una casa al pie de un cerro que evoca de alguna forma al Apu Wamani protector. Allí ha montado un taller, muy similar al que tiene en Quinua, en donde cada día se refugia para crear. Pese a que está contestando nuestras preguntas, Mamerto no deja ni un momento de moldear el barro que se convertirá en la cabeza de un otorongo, y a unos centímetros de él descansa la conopa (vasija) a medio terminar que recibirá pronto aquella testa felina.

A su alrededor hay platos, vasijas, iglesias, sirenas que recuerdan mitos ancestrales sobre aquellas musas del ande y, por supuesto, músicos, algunos flacos y largos, otros gordos y caderones, y ninguno igual al otro. Y he allí, dice Mamerto, lo que lo diferencia de sus hermanos artesanos.

“Yo no hago molde, no hago dos trabajos iguales. Tampoco utilizo tecnocolores, yo hago mis propias pinturas con la tierra de Quinua”, dice.

Mamerto ha cumplido 67 años. Me confiesa que sus manos ya no tienen la firmeza de la juventud. Si antaño hacía veinte o treinta piezas a la semana, ahora sólo puede ocuparse de cuatro o cinco. Aunque deja bien claro que cada uno de esos trabajos es único.

¿Es usted artesano o artista?, pregunto al maestro, y Mamerto gesticula con sus manos embadurnadas de arcilla, y dice que es artesano, pero artista también porque es un creador.

“Cuando he hecho un pavo real, lo he soñado que estaba detrás de un cerro, y así igualito lo hice. Soy artesano, creativo, y artista también”, dice Mamerto Sánchez y parece que la arcilla nunca se secará de sus manos.

GRANDES MAESTROS

Transportadora de Gas del Perú (TGP) es la auspiciadora de una singular exposición que ha reunido la obra de Mamerto Sánchez, Jesús Urbano, Edilberto Mérida y Santiago Rojas. Dos ayacuchanos y dos cusqueños cuyos trabajos han trascendido el campo de la artesanía, ubicándose por derecho propio en la categoría de arte. La muestra se ha presentado en Cusco y en Huamanga, y el próximo 24 de abril podrá apreciarse en Lima en la galería Luis Miró Quesada y en la sala de exposiciones del Centro Cultural Ricardo Palma, en Miraflores. “Es importante que la obra de estos artistas sea tratada con el respeto y el cuidado museográfico que se merece, y que sea exhibida en una galería”, dice la historiadora de arte Gabriela Germaná, curadora de la muestra junto con la antropóloga Giuliana Borea.

Gabriela señala que estos cuatro artistas tienen en común que sus obras han transitado de la propuesta artesanal tradicional a la innovación artística personal e individual, pero sin dejar de lado el entorno donde se desarrollaron. “Artistas que ya no están con nosotros como Hilario Mendívil, Leoncio Tineo y Sergio Pillaca hicieron lo mismo, pero en vida no se les consideró ‘artistas’ en el sentido occidental del término. Por ello es que queremos aprovechar que Mérida, Sánchez, Urbano y Rojas están con nosotros, y se hace justo un merecido reconocimiento”, dice Germaná.

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